El sextante del capitán Cabucho

Recuerdos de un paraíso olvidado

Por Juan David Arenas Arellano

PRIMERA PARTE

La ciudad y puerto de Mazatlán Sinaloa, se desperezaba con algunas ráfagas de fresco viento, mientras el sol despuntaba desde el lejano oriente surgiendo de entre el inmenso cuerpo de agua salobre del océano pacífico. Los empleados que trabajaban para la Unión de Trabajadores Marítimos y Terrestres del puerto sinaloense, se arremolinaban en las oficinas del sindicato para pasar lista con el delegado, para enviarlos a laborar en los diferentes embarcaciones en el muelle de cabotaje, localizado en la esquina del bulevar Emilio Barragán y Lázaro Cárdenas.

  Las oficinas del sindicato se hallaban sobre el bulevar Emilio Barragán, en tanto docenas de alijadores se arremolinaban en torno al rollizo sujeto quien sostenía unas largas listas de los nombres de las embarcaciones que estaban ancladas al interior del gigantesco muelle.

  -Ramón Sánchez, Pedro Jiménez, Arturo Gómez…, en tanto los estibadores respondían al escuchar sus respectivos nombres, con una que otra mentada de madre, para mostrarle su cariño al delegado, quien buscaba con ojo de pelicano a los duros hombres de mar; que le hacían recordar a la autora de sus días.

  -¡Vayan a chingar a su puta madre, bola de culeros muertos de hambre!-respondía el delegado, un tanto frustrado y resignado de no poder identificar a los sujetos que le habían restregado a su jefecita.

  Minutos después de haber hecho el pase de lista, algunos jóvenes provenientes de diferentes estados y ciudades de la extensa patria mexicana, iban a desayunar a la casa de la jefa Linda, ubicado sobre el bulevar Lázaro Cárdenas, en la parte decente de la colonia del mismo nombre.

   La jefa Linda y sus hijas atendía a los pelotones de hambrientos estibadores, quienes daban cuenta con velocidad asombrosa de los huevos revueltos con nopales, huevos estrellados, en tortilla con rabos de cebollín y del regional chile amarillo…, o uno que otro de los comensales esperaba pacientemente por bistecs de res estilo ranchero, o la mexicana, mientras sorbían de sus humeantes tazas de aromático café, cultivado en el Estado de “Los Siete Ríos”.

   La mayoría de los clientes de la jefa Linda, devoraban a tarascadas y con velocidad inusitada los platillos que les servían las hijas de la dueña del modesto restaurante, para irse a reportar con los jefes de las cuadrillas, y recibir los $100.00 devaluados pesos mexicanos, como parte del chivo diario. Los trabajadores extras tenían que sobrevivir todo el día con esa cantidad de dinero, ya que sólo podrían obtener su sueldo completo, una vez que la embarcación donde trabajaban al interior de las enormes bodegas, se hubiese ido del puerto, luego de tres días de su partida.

  -¡Rola marrano, no seas tan atascado!-chillaba el Pulpa, en tanto el Andy llenaba sus pulmones con el humo de la estupenda yesca sinaloense, recargados sobre la cubierta de estribor, observando las pequeñas embarcaciones pesqueras que navegaban por las calmas aguas del canal de navegación.

  -¡Aguanta las carnes, pinche chango cilindrero; tú nada más vienes a ponerte hasta la madre y a ver qué chingados te chingas de los buques, dejándonos la yuca a nosotros!-respondió la Yesica, con el rostro iluminado por su amplia sonrisa, mostrando sus bien alineados y blancos dientes, que contrastaban dramáticamente con su oscura piel.

  -¡No la hagas de pedo pinche Yesica, todos somos banda firmes, y como que te vale verga si el Pulpa trabaja o no para estos pinches sindicatos culeros!-resopló furioso el güero Nazi, mientras se disponía a darse unos buenos jalones del enorme cigarro de marihuana lima limón, con vellos blancos y olorosa a los citados cítricos.

 -¡Uyuyuy coco de agua!-exclamó el Pulpa con sus aguardentosa voz de criminal de carrera.

  -¡Agarra la onda puto, aquí todos somos banda y estamos en terreno de indios, como dice el Andy; y si no te late cotorrear conmigo: vete a la verga ojete!-bramó el celayense menor de 23 años de edad, y quien a la sazón era todo un criminal de tomo y lomo.

  El Pulpa, el güero Nazi y la Yesica, eran naturales de la misma ciudad guanajuatense y la tercia de hampones venían de pelada de su terruño natal, en tanto el Andy andaba de pata de perro recorriendo la costa noroccidental mexicana, y tenía resuelto hacerse a la mar, en uno de los tantos buques cargueros que atracaban en el muelle de cabotaje mazatleco, pero en esos días de los lejanos años de principios del primer lustro de los 80´, nadie tenía prisa por dejar el bondadoso y paradisiaco puerto del pacífico noroccidental mexicano; el clima y la presencia del inminente verano era un exquisito bocado geográfico: y nadie quería dejar de vivir intensamente su salvaje juventud, derrochando peligrosas aventuras marineras en el lugar y tiempo correcto. Todo mundo sabía que las manecillas del reloj, jamás podrían dar marcha atrás y que algún distante mañana -si es que lo podrían contar-, esos recuerdos llenarían de felicidad y agradecimiento, en su incierto futuro.

  -¡Órale pinches plebes, hijos de su chingada madre, ya es hora de ponerse a trabajar, aquí no hay lugar para los holgazanes!-ordenó el jefe de la cuadrilla de estibadores, que tenían que descargar miles de toneladas de fertilizante de nitrato de amonio encostalado, para hacer lingotes de una tonelada de capacidad, y que la grúa de la segunda bodega de popa, los esperaba para efectuar las maniobras de descarga.

  -¡Al rato nos vemos, pinches cargadores de mierda!-barruntó el Pulpa, mientras se perdía por entre las puertas metálicas de la tercera cubierta interior del carguero con pabellón griego para ver qué chingados se picaba el celayense, en tanto sus camaradas de la uña bajaban hasta la sexta cubierta del navío, repleto de cientos de miles de toneladas del fertilizante.

  Una vez que el astro rey fuera tragado por el inmenso piélago marino, era hora de ir a cenar con la jefa Linda, para posteriormente, irse al interior del muelle, para ponerse hasta la madre, fumando marihuana comprada con el Gato de Tecomán Colima, o con el Cholico natural del puerto mazatleco; sentados en la placa continental, pescando hermosos pargos anaranjados, cabrillas, palometas o gallos de colida membrana dorsal: intercambiando sus experiencias personales del bajo mundo.

   -¡Estos momentos hacen que valga la pena haber estado encerrado más de medio año en el reclusorio Oriente; en ese pinche penal repleto de perdedores, muy pocos conocían el verdadero valor de la libertad: pinches batos ignorantes y pendejos redomados, que sólo saben robar, asaltar, engatusar, matar a sangre fría a cristianos, moros y judíos y la chingada!-farfulló el Andy, mientras luchaba con un pez que había picado su anzuelo, olvidándose de sus amargos recuerdos, para enfrentar la feroz lucha entre el pez y el joven vágales.

  -¡Déjalo que se vaya unos metros y luego jala la cuerda, con un buen tirón hacia arriba y luego lo arrastras hasta que yo lo atrape con la red que ya tengo lista!-dijo la Bruja, oriundo del Salvador, en tanto acomodaba su rollizo cuerpo trepado sobre una enorme bita, y un par de morelenses- el Margaro y el Sergio, lo sostenían con unas piolas, amarradas a la cintura del centroamericano.

  -¿Cuánto por ese pescado que acaban de sacar?-preguntó un marino de un barco petrolero, quien se hallaba en el castillo de popa y se había divertido observando al pequeño pelotón de estibadores.

  -¡Yo les ofrezco $500.00 pesos por ese pescado anaranjado, y los invito a que nos lo comamos juntos!-dijo otro marinero, recargado sobre el castillo de proa de un barco atunero, quien se encontraba igualmente extasiado con la endiablad suerte de los estibadores, quienes se divertían como enanos, pescando y poniéndose hasta la madre, con el pestilente humo de la yesca que fumaban.

  -¡Váyanse mucho a la chingada, bola de culeros, si realmente quieren comerse un pescado fresco; pónganse a pescar como lo estamos haciendo nosotros!-bramó imperiosamente el Pulpa, en tanto se agarraba sus partes nobles sin recato alguno.

  -¡Pues entonces vayan a chingar su puta madre; pinches escuincles culeros, nosotros tratamos de que se ganen un dinero extra, y hasta les íbamos a convidar de la pesca!-exclamó indignado un pescador de un buque petrolero, quien estaba observando a los estibadores desde hacía varios minutos; recargado sobre el barandal del castillo de popa.

  -¡Vayan a sopletear burros por el pivote, pinche bola de gandallas!-respondió el Andy, en tanto sujetaba al enorme pargo con un cordel por entre las branquias del pescado, para sumergirlo entre las oscuras aguas del pacífico,  y continuaban lanzando los anzuelos, amarrados a una lata de cerveza vacía.

  La noche cubrió con su negro manto el apacible y engañoso puerto de cabotaje, y los vagabundos que trabajan para los sindicatos del puerto, fueron a dormir sobre miles de pacas de algodón prensado, en la última bodega que colindaba con el muelle de los buques petroleros. Al otro día y con las primeras luces de un nuevo día toda la clica fue a reportase con los delegados de trabajo de la Liga de Trabajadores Marítimos y Terrestres, y otros fueron con La Unión de Estibadores Y alijadores del mismo puerto sinaloense.

  La rutina diaria no sufría cambios algunos, todo mundo sabía lo que tenía que hacer, para seguir trabajando y robando algunas piezas de los enormes cargueros para venderlas en el muelle de los pescadores, localizado a un lado del embarcadero hacia la isla de la piedra, este accidente geográfico, mal llamado isla, es una pequeña península, que tiene acceso por tierra, allá por la populosa colonia Urias, ubicada al sur del puerto mazatleco. En esa verruga continental los morelenses Margarito y el Sergio, naturales del municipio de Jiutepec Morelos, rentaban una rústica cabaña, fabricada con madera de mangle rojo y el techo elaborado con palmas de palapa, los zanquilargos morelenses carecían de fluido eléctrico y escuchaban música de una estación radiodifusora en la frecuencia modulada, y aun se escuchaba a Gerry Rafferty, con su famoso track de Baker Street, lo mismo que Al Stewart con su archiconocido The Year of the Cat…, y otras rolitas de decente producción musical.

  Cierta ocasión en que el Martelli de Can Cún, la Bruja, el Francés del distrito federal y el Andy había ido a reventarse con los morelenses, iban camino de regreso al muelle de los lancheros que transportaban a los pasajeros de la placa continental hacia La Piedra, o viceversa, sin decir palabra alguna, pero mirándose fijamente a los ojos, empezaron a caminar entre las tranquilas olas que reventaban en las doradas playas de la minúscula península, adentrándose entre el oleaje y sonriéndose pícaramente.

  -¿Te cae de madres pinche Andy?-preguntó el Martelli, mientras continuaba caminando sobre el accidentado lecho marino, hasta que toda la clica se puso a nadar en dirección a las boyas que demarcaban mar abierto.

  -¡Chingue a su madre quien se raje!-exclamó el francés, mientras nadaba de a perrito, puesto que el chilango no sabía nadar como sus camaradas de la uña que lo acompañaban, pero el defeño no se rajaba y agitaba sus manos y pataleaba como Dios le dio a entender, tragando algo de agua salobre.

  -¡Sobres ojetes, vamos a quedarnos con los morelenses, que tanto aprecian al Andy, a mí se me hace que este pinche bato es de su mismo terruño natal, pero este cabrón no afloja prenda de lugar de nacimiento!-resopló el Martelli, sonriendo enigmáticamente en tanto levanta sus enormes cejas de gusano azotador hacia arriba y hacia abajo.

  -¡Como que les vale verga de dónde vengo originalmente; pinches batos hijos de la chingada!-dijo el Andy con una picara sonrisa en su juvenil rostro.

  Los morelenses aceptaron con mucho gusto a la clica del muelle de cabotaje, para tenerlos en calidad de invitados en su cabaña. Los días pasaban llenos de insospechadas aventuras que iban desde ir a bucear en los acantilados, para pescar a mano pelona, pulpos y algunos peces que habitan en los arrecifes atrapándolos a mano limpia, esa tarea la desarrollaban a perfección el Martelli y la Bruja, expertos en el buceo sin tanques de oxígeno, mientras otros cabrones iban a cazar iguanas sobre los campos de cultivo de cacahuate, donde había frondosas ceibas y algunos amates prietos o amarillos, con abundante follaje que servía a los reptiles para asolearse en las copas de los árboles. La técnica que aplicaban era bastante simple, un buen trepador se encaramaba sobre el troco del gigante vegetal y sacudía las ramas donde tomaban el sol los iguanas y garrobos, para segundos más tarde, se lanzaban hacia los surcos, intentando huir de los cazadores, quienes los esperaban armados con venas de palma para asestarles golpes mortíferos cuando los reptiles se hallaban en el aire.

El Margaro y el Sergio, llevaban los costales de iguanas que habían cazado con una señora vecina de los morelenses, y la jefecita las cocinaba en tamales regionales, llenando la masa de maíz con julianas de zanahorias, chiles amarillos, papas y tomate, acompañando los trozos de carne blanca, envolviéndolos en hojas del típico cereal mexicano. Una vez que la precoz noche envolvía con su negro manto a la Perla del Pacífico, la señora llevaba varias cubetas repletas de tamales ara compartir el producto de la cacería y sus artes culinarias.

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