Crónica de un Secuestro

17 días en la obscuridad

Por Héctor Parra

Segunda parte

En su desesperación, Doña Queta saca del cajón de su recámara una agenda telefónica y empieza a comunicarse una y otra vez, con quien quizá, podría saber algo del paradero de su hijo Alfonso.

Poco a poco van llegando los familiares a la casa de Xochitepec.

El silencio es un testigo más de lo sucedido. Los rostros desencajados y los ojos sollozantes de las hermanas de Alfonso, dan cuenta de la angustia y zozobra de cada una de ellas.

Están a la espera de otra llamada…

A unos cuantos kilómetros de distancia, Alfonso yace en el suelo. Trata de encontrarse así mismo, pero su mirada se pierde entre la oscuridad. Intenta levantarse y unas cadenas le impiden hacer cualquier movimiento.

 “…¿Por qué me hacen esto? ¿Qué les hice? ¡Auxilio! ¡Auxilio!”.

Uno de los secuestradores que custodiaba la recámara, inmediatamente se acerca a la puerta.

-!Cállate pinche mocoso! Si sigues gritando, voy a entrar y te voy a matar. ¿Me oíste? ¡Cállate!

Una vez más el silencio consumió el cuarto. Alfonso optó por arrodillarse y rezar.

Reunida toda la familia en la vieja casona y conmocionadas por la desaparición de Alfonso, en igual forma las oraciones, veladoras e imágenes de diversos santos a su devoción reinan la sala. Están todos sentados a la espera de la otra llamada.

– No podemos esperar más mamá. Tenemos que hablar a la policía, decía Carolina.

– ¡No, no! Tenemos que esperar a que nos llamen.

¡Ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring!

Se escucha el abrir del cerrojo de esa enorme puerta de madera. La mamá y sus hijas se levantan abruptamente de la cocina para ver quién es.

Alcanzan a ver a Alberto que empieza a cruzar el patio. El silencio y los rostros desencajados delata a todas ellas.

-Y ahora, ¿qué pasó? brota la pregunta.

Nadie se atreve a decir palabra alguna. ¡Todo es confusión!

-¿Todo bien suegra? Insiste en preguntar Alberto.

-¡No, nada está bien!

– Siéntate por favor y quiero que me respondas con la verdad.

-A caray, pues ¿qué pasó?

-Alfonso no aparece y no sabemos dónde está.

-Pero si yo lo desperté temprano como siempre, antes de irme a abrir la tienda y hasta ahí.

– Lo viste salir de la casa, cuestionó una vez más Doña Queta.

– No, pero sí vi que se estaba arreglando y supuse que saldría después de mí.

-Pues no está mi hijo.

-¡Lo secuestraron Alberto! ¡lo secuestraron!

“No puede ser, no puede ser… seguro que se lo llevaron en esa camioneta…”.

-¿Viste a alguien?, cuestionó de inmediato su esposa Eva.

– A alguien como tal no, pero sí alcancé a ver una camioneta, cuando yo iba por la calle para abrir la tienda, pero no vi sus rostros ni el color de la camioneta… la madrugada es engañosa y no hay claridad.

-¡Dios mío Santo! ¿Qué vamos a hacer mamá?

En su desesperación, Doña Queta saca del cajón de su recámara una agenda telefónica y empieza a comunicarse una y otra vez, con quien quizá, podría saber algo del paradero de su hijo Alfonso.

Poco a poco van llegando los familiares a la casa de Xochitepec.

El silencio es un testigo más de lo sucedido. Los rostros desencajados y los ojos sollozantes de las hermanas de Alfonso, dan cuenta de la angustia y zozobra de cada una de ellas.

 

Están a la espera de otra llamada…

 

A unos cuantos kilómetros de distancia, Alfonso yace en el suelo. Trata de encontrarse así mismo, pero su mirada se pierde entre la oscuridad. Intenta levantarse y unas cadenas le impiden hacer cualquier movimiento.

“¿Por qué me hacen esto? ¿Qué les hice? ¡Auxilio! ¡Auxilio!”.

Uno de los secuestradores que custodiaba la recámara, inmediatamente se acerca a la puerta.

-¡Cállate pinche mocoso! Si sigues gritando, voy a entrar y te voy a matar. ¿Me oíste? ¡Cállate!

Una vez más el silencio consumió el cuarto. Alfonso optó por arrodillarse y rezar.

Reunida toda la familia en la vieja casona y conmocionada por la desaparición de Alfonso; las veladoras e imágenes de diversos santos a su devoción reinan en la pequeña capilla del acceso principal.

– No podemos esperar más mamá. Tenemos que hablar a la policía, decía Carolina.

– ¡No, no! Tenemos que esperar a que nos llamen, suplicaba Doña Queta.

¡Ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring!

-¡Yo contesto, yo contesto!

“Escucha muy bien lo que te voy a decir hija de la chingada. Te vas hasta el crucero de Chiconcuac y en la caseta telefónica vas a encontrar más indicaciones…”.

-Bueno, bueno, bueno…¡Eran ellos, eran ellos; me colgaron!

-¿Qué te dijeron, qué te dijeron mamá?, preguntó inmediatamente su hija Eva.

-¡Vámonos! ¡vámonos a Chiconcuac!, ahí nos van a dejar más instrucciones.

Se escucha el rechinar de unas llantas; afuera de la casa aguardaban en silencio otros sujetos, quienes no pierden detalle alguno de quién entra y quién sale de la casa.

-¿Escucharon? Corran, corran, alguien está afuera de la casa.

Salen corriendo Alberto, Eva y la misma Carolina, pero no llegan a tiempo; la fricción de los neumáticos con la tierra les impide ver detalle alguno del vehículo; el polvo fue cómplice en su huida.

Alberto y Eva encienden un vehículo y van hasta la caseta telefónica de Chiconcua; no saben y ni idea tienen de lo que van a buscar. Observan que no haya nadie cerca de la caseta. La hermana de Alfonso no duda en lo absoluto y empieza a husmear en cada rincón. Por debajo hay un sobre pegado en la barra metálica. La desprende e inmediatamente la guarda con recelo entre sus manos.

– ¿Qué es, qué es? le pregunta insistentemente Alberto a su esposa Eva.

-Es un sobre amarillo, pero no sé, no sé, ¡vámonos de aquí!

Salen huyendo de la escena; llegan a la casa e inmediatamente Doña Queta recibe de las manos de su hija el paquete. Lo abre con rapidez y observa que es un casete; no hay más. Ni carta y mensaje alguno; sólo un casete.

-¿Dónde está la grabadora de tu padre? Tráela rápido, apúrate.

Las manos temblorosas de Doña Queta le impiden introducirlo en la casetera; el nerviosismo invade cualquier escenario allí vivido.

“Oiga muy bien hija de la chingada. A su hijo Alfonso lo tenemos secuestrado y queremos un millón de pesos por su vida…si lo quieren vivo, tienen que juntar todo el dinero en una semana, porque si no lo hacen, se lo va a cargar la chingada…”.

Para de tajo esa voz que taladró lo más recóndito del corazón. Le ponen “stop” a esa máquina que dejó de ser musical para escuchar la voz desgarradora e intimidatoria.

Lágrimas resbalan por los surcos de la piel de cada una de las hermanas y de Doña Queta; la desesperación, angustia, zozobra y miedo rebasa cualquier otro sentimiento. No brotan palabras de aliento; anclas de fierro sienten al caminar. ¡Todo es silencio total…!

-Tenemos que hablar a la policía mamá; tenemos que hablarle por favor, insistía e insistía la hermana mayor.

Una vez más dejan seguir la cinta. Vuelve esa voz que penetraba todos los tímpanos.

“…y quiero decirles bien claro que ni se les ocurra hablar a la policía, porque si lo hacen matamos a este hijo de la chingada, ¡me oyeron! ¡me oyeron! Las tenemos vigiladas todo el tiempo y a todas horas; sabemos todo lo que hacen, así que ni se les ocurra hacer una pendejada, porque se los carga la chingada a todos; a todos hijas de su puta madre…”.

-Qué hacemos hijas, qué hacemos hijas por el amor de Dios; ampáranos señor Jesús por el amor de Dios, ayúdanos por favor…

La tarde cae a plomo y el crepúsculo ni se alcanza a apreciar. La noche se vuelve cómplice de los secuestradores. Desde su guarida empiezan a planear las horas, días y quizá semanas su plan a seguir.

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