Crónica de un Secuestro

17 días en la obscuridad

Por Héctor Parra

Primera parte

Era jueves 14 de septiembre del año 1995. La familia ya se alistaba para recibir a familiares y amigos para festejar el “Grito de la Independencia”. Incluso, en algunas de las recámaras de visita se hallaba durmiendo una de las hermanas que había llegado por la noche del puerto de Acapulco.

– ¡Alfonso despierta, ya son las 5 de la mañana! Se te va a hacer tarde otra vez para irte a la escuela!

No hay respuesta.

Crónica de un Secuestro

Alfonso sigue profundamente dormido. Alberto lo deja descansar unos minutos más mientras él se va a la cocina a preparar su café y a poner pilas a su linterna, porque las madrugadas siguen siendo muy oscuras durante este mes y las calles siempre están en penumbras.

Recorre otra vez el largo pasillo que da a la recámara de Alfonso y le toca a su ventana.

– ¡Alfonso ya son las 5 y media de la mañana! ¡Levántate, se te va hacer tarde!

– ¡Ya te oí, gracias cuñado! Le responde!

Alberto como de costumbre, antes de las 6 de la mañana salía apresurado para abrir su tienda de abarrotes, ubicada en una de las principales avenidas del pequeño poblado.

Esa mañana Alfonso no quería levantarse, porque se pasó la noche en vela en la lectura y preparación de sus exámenes, pero la insistencia de Alberto, lo obligó a hacerlo. Durante su encuentro con el espejo y en los últimos detalles del peinado cotidiano, observa su reloj de pared y sale corriendo. El camión que parte a Cuernavaca está a punto de llegar a la parada.

No se despide de su mamá, como solía hacerlo todas las mañanas, entendió que se había desvelado en compañía de su hermana Carolina, quien había llegado por la noche del puerto de Acapulco, a quien por cierto no había visto desde hace varios meses.

Toma el dinero que le dejaban usualmente en el comedor. Recorre el largo patio de la casa. Cierra la puerta de madera y empieza a caminar por esa calle terregosa y oscura.

– No llega Alfonso, ¿Qué hacemos? Preguntó Gerardo.

– Lo esperamos otros 10 minutos, si no llega, nos vamos, le respondió Jaime.

Desesperados por el tiempo transcurrido y porque los había dejado el camión de las 6 de la mañana, sus compañeros de escuela que esperaban en la parada de autobús del crucero de Chiconcuac, finalmente optan por subirse al carro de la media.

Apresurado por tratar de llegar puntuala la parada, Alfonso agiliza el paso. Oye el motor de un vehículo y no le da importancia, incluso, ni siquiera voltea. Se bajan dos sujetos y por la espalda le cubren su rostro con una sábana; lo olpean en la cabeza y lo suben boca abajo en la cabina de la camioneta.

En el trayecto de huida, una mano plagiaria pone la punta de su pistola en la sien de Alfonso para intimidarlo:

“Mira pinche mocoso, más vale que no abras el hocico y ni grites, porque te carga la chingada. Es un secuestro y si no cooperas con nosotros, ¡te matamos…!”.

– ¡No me hagan nada por favor, se los suplico! ¡No me maten! ¡No me maten…!

Empieza a rezar. El silencio es su mejor aliado. Sabía que si decía palabra alguna o cuestionaba, lo iban a golpear.

Al interior de la camioneta tampoco había diálogo entre los tres sujetos. Lo único que les interesaba era huir para no dejar pista alguna.

Uno de los secuestradores, rocía en su pañuelo cloroformo; se lo pone entre la boca y la nariz e inmediatamente Alfonso pierde la noción del tiempo, las horas, los minutos, los segundos.

¡Ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring!

– Bueno, ¿Quién habla? Decía Eva.

“…Mira hija de la chingada, escucha lo que te voy a decir. Tengo a Alfonso secuestrado y quiero un millón de pesos. Dile a tu madre que los junte rápido, porque si no me los da, ¡lo vamos a matar! ¡Me oíste pendeja…!”.

Hubo un largo silencio. No había respuesta. No sabía qué decir o hacer. ¡Colgó el auricular! No le dio importancia, pensaba que se trataba de una broma, y prefirió no hacer comentario alguno a nadie.

A las once de la mañana, Carolina y su mamá, estaban ya en la cocina preparando el almuerzo. Se acerca Eva con su silencio guardado, porque no quería preocupar a nadie de la llamada que había recibido.

-Buenos días mamá

– Cómo estás hija?

-¡Bien! ¡Bien! Le contestó un poco nerviosa.

– ¡Hola hermana! ¿Y ese milagro que vienes a la casa? Cuestionó a Carolina.

– Hay ‘mija’, si nada más tenía como tres meses que no venía.

Eva, una vez más se queda callada, y opta por regresar a su recámara.

Colillas de cigarro y marihuana; envases de cerveza vacías; tazas de café a medio consumir se observaban por todos lados. Otros dos secuestradores aguardaban impacientes la llegada de sus cómplices. Se asomaban insistentemente por la ventana, iban y regresaban por el pequeño espacio entre la sala y el comedor. Oyen el claxon.

-¡Ya llegaron! ¡Ya llegaron! Exclamó uno.

Inmediatamente abren el portón e introducen la camioneta.

– ¡Enciérrenlo! ¡Ya saben qué hacer!, les advierte una voz.

Cubren el cuerpo de pies a cabeza con un zarape. Atraviesan un largo pasillo, suben las escaleras y lo colocan en una de las recámaras del patio trasero. Cierran la puerta y uno se queda afuera de ésta.

La mamá de Alfonso tomaba su café en compañía de su hija Carolina. Continuaban con la charla de la noche anterior.

¡Ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring! ¡ring!

Yo contesto, dijo Doña Queta. Se para con taza en mano y levanta el auricular.

-¡Buenooooo!

– ¿Ya tienes el dinero, hija de la chingada?

– ¡¿Qué…?! ¿Quién habla?

– No te hagas pendeja y no juegues conmigo. Tengo a tu pinche hijo Alfonso secuestrado, y si no me entregas un millón de pesos, se lo va a cargar la chingada. ¡Me oíste!

La madre de Alfonso suelta el auricular. Desconcertada por lo que escuchaba, pierde fuerza en sus piernas y cae al suelo. Su hija Carolina de inmediato acude a ella. Levanta el teléfono.

-¿Quién habla? ¿Quién habla?

-Mira pendeja…

– El pendejo eres tú hijo de la chingada. Y cuelga el teléfono.

Al tiempo de que la trataba de animar a su mamá, Carolina la cuestiona: ¡Mami! ¡Mami! ¿Qué tienes? ¿Qué pasó? ¿Quién era?

“Eva, Eva, trae alcohol, ¡apúrate! Mi mamá está mal”.

Sintió que unas manos frotaban por su cuerpo y Doña Queta poco a poco empieza a reaccionar.

-¿Dónde está mi hijo Alfonso? ¿Dónde está mi hijo Alfonso?

-No está mamá. Ya se fue a la escuela, respondió Eva.

– ¿Quién te llamó mamá? ¿Quién era o qué quería? Insistía Carolina.

-¡No lo sé! ¡No lo sé! Respondió Doña Queta.

Eva inmediatamente reflexionó. Dedujo que se trataba del mismo sujeto que le había llamado por la mañana. Al ver a su madre conmocionada, no dudó en contarle lo sucedido.

“Recibí una llamada por la mañana de un sujeto diciendo que tenían secuestrado a Alfonso y quieren un millón de pesos por su rescate; que si no se los damos lo van a matar. ¡Perdóname!, ¡perdóname mamá! Pero creí que era una broma de mal gusto y colgué.

Gerardo y Jaime aún desconocían el por qué Alfonso jamás se presentó a la escuela, incluso, ni a los profesores dieron aviso de su ausencia.

La dirección de la escuela recibe una llamada telefónica. Mandan traer a la oficina a Gerardo y Jaime, quienes sin saber de qué se trataba, empiezan a cuestionarse entre sí.

-¿Qué hicimos?

-¡No lo sé, carnal!

-Espero que no sea algo malo o relacionado con un pinche examen que no pasamos.

Entran a la dirección e inmediatamente los pasan con el director del colegio.

-Siéntense por favor jóvenes….

– Es algo muy grave, y quiero que me digan la verdad, pero no se asusten.

– ¿Pasó algo grave director?

– Siempre llegan al colegio en compañía de Alfonso, ¿qué pasó con él?

¿Dónde está?

Inmediatamente Gerardo interrumpe el diálogo:

-Estuvimos esperando a Alfonso en la parada de autobús como siempre lo hacemos profesor, pero jamás llegó. De hecho hasta se nos hizo un poco tarde, y Alfonso jamás llegó, respondió asustado.

-Está bien, está bien, pero algo más que me puedan contar y que yo no sepa, inquirió.

-¡No profesor! Le estamos diciendo la verdad. Es todo lo que sabemos. Alfonso jamás llegó a la parada como todos los días, y cuando no va a venir al colegio, siempre nos habla por teléfono por las noches, pero jamás recibí una llamada de él, explicaba Jaime muy angustiado.

– ¿Le pasó algo? ¿Está grave? Cuestionó Gerardo al director.

-¡No! ¡No! Es que recibí una llamada de su mamá y me comentó que no está en su casa, pero no, no le pasó nada, les decía preocupado el director.

Jaime y Gerardo regresan al salón, pero previo a ello, el director les pide discreción y no hacer comentario alguno con sus demás compañeros.

-Buenos días. ¿Está Doña Queta? Preguntó el director.

-¿Quién habla?

-Soy el profesor Claudio Jiménez, director del colegio.

-Sí profesor, en un momento se la comunico.

La señora Queta toma el teléfono y lo cuestiona.

-Profesor, ¿dónde está mi hijo?

– Señora, ya platiqué con Gerardo y Jaime y me comentaron que su hijo Alfonso jamás llegó a la parada de autobús. Que lo estuvieron esperando hasta las 6 y media de la mañana y no apareció.

Doña Queta no contiene el llanto.

Intuye que algo le sucedió a su hijo y que esa llamada que recibió por un desconocido tiene algo que ver.

– ¡Profesor alguien se lo llevó! ¡Alguien se lo llevó!

– Señora, no se preocupe, a lo mejor se fue con otros amigos.

– Le puedo ayudar en algo Doña Queta, insistió el director.

-¡No, no Profesor! Voy a esperar, voy a esperar.

– Profesor, le pido su apoyo. Por favor le suplico que no le cuente a nadie lo ocurrido.

– No se preocupe Doña Queta. ¡Así lo haré!

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